| Monday de Tim Peacock |
La cultura de odio en internet se ha extendido por todo el mundo y, aunque pareciera que proviene de distintos motivos (racismo, xenofobia, misoginia), siempre nos lleva a un mismo destino: una reacción violenta de un individuo hacia los demás por falta de gestión emocional. La misma generación que hace años promovía la atención a la salud mental ahora se une a una ola de violencia arrasadora. Para entender esto, es necesario hablar de un fenómeno que ha estado creciendo en silencio detrás de una computadora.
El día 20 de abril de 2026, a las 11:20 a.m., un hombre mexicano de 27 años, Julio César Jasso Ramírez, abrió fuego contra turistas en la zona arqueológica de Teotihuacán. Dos personas fallecieron (incluido el perpetrador) y otras trece resultaron lesionadas. Muchos medios se han centrado en los comentarios xenófobos del atacante, pero se ha dejado de lado la razón real del ataque: una subcultura de internet que promueve la glorificación de asesinos en masa con ideologías extremistas.
Uno de los casos que más se ha mencionado como “inspiración” en distintos foros de internet es la masacre de la escuela secundaria Columbine, ocurrida el 20 de abril de 1999 en Colorado, Estados Unidos. Dos adolescentes cometieron un tiroteo que dejó 16 muertos (incluyendo a los atacantes) y 24 heridos. Distintas hipótesis han mencionado que la razón detrás de este acto es que los jóvenes, después de estar tantos sufriendo rechazo social, deseaban comportarse como “dioses”. Por esto mismo, dentro de internet y sitios de nicho, se les convirtió en mártires e ídolos; símbolos de una juventud ignorada y frustrada que busca venganza contra la sociedad. En este caso también se encontraron factores ideológicos tras el acto, como el nazismo, pero la raíz sigue siendo la misma: la necesidad de ser visto, de morir siendo alguien.
En México, no es la primera vez. Está el caso de Federico Guevara, de 16 años, en Monterrey, quien fue incitado por grupos de Facebook para abrir fuego contra sus compañeros, maestra y contra él mismo; y el de Lex Ashton, de 19 años, miembro de grupos incel (celibatos involuntarios) en Facebook, quien asesinó a un alumno e hirió a un administrativo del CCH Sur en la Ciudad de México, esto al sentirse frustrado por no poder entablar relaciones sexuales y afectivas con mujeres. Ambos casos intentaron replicar las masacres estadounidenses que se glorifican en redes sociales.
No se trata de satanizar el internet, solamente es recordar que no es posible que éste reemplace a los seres humanos. La auténtica prevención empieza en el hogar, donde se deben seguir promoviendo vínculos emocionales saludables y redes de apoyo sólidas. Los jóvenes actuales se han distanciado de las interacciones cara a cara y han hallado refugio en comunidades virtuales, donde no podemos saber si los individuos que están detrás de la pantalla son auténticos o si tienen buenas intenciones.
Es decir, el reto no es desconectarnos de la red, sino volver a conectarnos entre nosotros. Mientras tanto debemos preguntarnos ¿Qué estamos haciendo individualmente, desde nuestras propias pantallas, para detener este contagio de odio?
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